Introducción

Cada persona en algún momento de su vida se ha preguntado el por qué de su existencia. El cuestionamiento sobre sí mismo implica la identificación de objetivos, metas y sueños que se plantean para poder realizar.

Es así como el ser humano no solo indaga, sino que además vive en constante desafío, pues es en la comprensión de su existencia en donde encuentra la respuesta a su libertad.

Ese encuentro consigo mismo le permite descubrir una serie de capacidades denominadas dimensiones fundamentales, que le facilita a los seres humanos la construcción de su vida personal, su ser personal, social y comunicativo.

Y es en esa interioridad como le es posible la construcción de su autonomía en la toma de decisiones; por ella, es capaz de encarnar ciertos principios y pautas de conducta, de acción y pensamiento, que le dan sentido y finalidad a su existencia.

Por ello, la existencia significa esa confrontación e intercambio dialógico o encuentro, entre la persona y su mundo.

Si este proceso, exclusivamente humano, es obstruido o impedido, la persona no podrá actuar justa ni consecuentemente consigo mismo ni con su entorno.

Objetivos

Objetivo general

Analizar e identificar las dimensiones fundamentales del hombre como los elementos constitutivos que definen al ser humano en las diferentes vivencias cotidianas de la vida personal y profesional.


Objetivos específicos

  • Reflexionar sobre las dimensiones fundamentales de la persona, como situaciones concretas que cada ser humano debe vivir, para responder con criterios racionales en las diversas situaciones que le presenta el ejercicio de la profesión.
  • Explicar de manera clara y concreta cada una de las dimensiones constitutivas de la persona.
  • Identificar las características de las acciones morales de otras acciones, como elementos integradores del desarrollo personal y social.
  • Analizar de manera crítica algunos casos concretos de acciones morales, siguiendo los elementos trabajados en la unidad.

Concepto de persona

La persona es un ser singular, único e irrepetible que posee un rostro y forma de ser propias que lo hacen como alguien particular.

Para el filósofo francés Emmanuel Mounier una persona es un ser espiritual constituido como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser; mantiene esa subsistencia e independencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación.

Como lo expresa el filósofo e historiador rumano Mircea Eliad, por la dimensión interior, la persona le permite entenderse a sí mismo como diferente de todo lo demás y lo vincula al mismo tiempo con lo sagrado.

La interioridad le permite la construcción de su autonomía en la toma de decisiones; por ella, es capaz de encarnar ciertos principios y pautas de conducta, de acción y pensamiento, los cuales le dan sentido y finalidad a su existencia.

La asunción de valores le pone necesariamente frente a un compromiso responsable por la construcción de su vida; no se está determinado por un destino inmodificable.

La vida se descubre y realiza a través de elecciones y de actos creadores, puesto que cada quien está “llamado” a encontrar la singularidad de su ser; y al encontrarlo se realiza a sí mismo en una relación intrínseca de comunión con los otros.

Mounier afirma que la persona es “una actividad vivida de autocreación, de comunicación y de adhesión, que se aprehende y se conoce en su acto como movimiento de personalización”. Es un absoluto, respecto de cualquier otra realidad material o social y de cualquier otra persona humana.

Persona como ser individual

La persona no es un objeto, una realidad fenoménica o una suma de cualidades, suceptibles de ser entendidas desde el saber científico. Por el contrario, es un ser que posee una característica peculiar: su individualidad.

Esta dimensión es la que permite comprender a la persona como unidad singular inabarcable; es decir, que su comprensión no se agota en conceptos. El hombre aparece como un misterio, ya que ninguna visión antropológica agota su comprensión.

Las personas no son objetos, sino sujetos sensibles e inteligentes. Por ello, y en consecuencia, la persona es capaz de razonar, discurrir, dialogar, participar, querer y ser consciente.

Por su individualidad es un yo responsable de sus actos libres, pues no se encuentra a merced de las fuerzas de la naturaleza o de la sociedad. Tampoco vive como una cosa más o como un zombi alienado y perdido sin el sentido de la vida.

Su dimensión individual lo hace distinto de los demás, capaces de vivir sentimientos y acciones diferentes a cualquier otra persona. Por su capacidad de razón y reflexión se muestra como una interioridad, capaz de comprenderse a sí mismo, a los demás y a su entorno natural.

La persona como realidad social

El ser humano es una presencia dirigida hacia el mundo y hacia las otras personas, de modo que no es autosuficiente, ni posee solo lo que da, ni subsiste en la soledad. Por eso el primer acto del ser humano consiste en suscitar en otros una sociedad de personas, una comunidad en la que las costumbres, sentimientos e instituciones lleven el sello indeleble de la naturaleza personal. Esta forma de apertura, es lo que le permite al hombre que su encuentro con los demás pueda configurar su propia vida.

Al respecto el filósofo español Xavier Zubiri afirma que "Los demás van imprimiendo en mí, la impronta de lo que ellos son, me van haciendo semejante a ellos. No soy yo quien proyecta su peculiaridad a los demás, sino que son los demás quienes me van haciendo como ellos".

Entonces la sociedad humana no es el resultado de lo biológico que origina sociedades enclasadas, como el caso de los animales; la sociedad humana posee por naturaleza un carácter inespecífico y abierto por estar constituida por realidades esencialmente abiertas.

El hombre se encuentra vertido a los demás y la resultante de estas relaciones es el mundo de la cultura, definido como el conjunto de costumbres, maneras de ser, actuar, pensar, sentir y decidir. Desde que se nace se está inscrito en un mundo de sentidos que son ofrecidos como posibilidades a través de la tradición y que constituyen el horizonte dentro del cual se desenvuelve la vida.

La persona humana es, es comunión (unión común) a todo lo que es. Por eso es ontológicamente social, un ser dialogante. Es social en tanto se reconoce con otros en su existencia.

La finalidad de la sociedad se basa en ayudar a a otros posibiltando el bien común, un camino solidario hacia la consolidación de su política.

La persona como comunicación

Las personas no se pueden realizar en la soledad no en el aislamiento, pues necesariamente hay que contar con los demás para la realización de la vida. Por eso, la vida misma de la persona es interacción, relación con otros sujetos de comunicación y en esas relaciones toda conducta tiene valor de mensaje; es decir, es comunicación.

La totalidad de las actividades que la persona realiza en su vida cotidiana lo están comunicando. Por eso, es posible afirmar que la comunicación constituye parte de la esencia misma del hombre. Ella es la apertura hacia el otro, en la que se produce un acto de descentrarse de sí mismo. Es la capacidad de descubrirse en los otros.

Por ello, la comunicación, para filósofos como el francés Emmanuel Mounier, es lo que constituye lo específico del hombre, en su entorno social y natural. Comunicar es exponerse, es abrir el yo hacia los otros, es dejar de ser cuando se existe para los otros; es dejar de poseer y dar, es suscitar con otros una sociedad de personas y hacer proceder el tú y el nosotros del yo, esta es la dimensión social del hombre que ya se ha tratado.

La persona se realiza cuando es capaz de reconocer a otros como iguales a sí mismo, por eso los ama. En este sentido, el encuentro con el otro supone el reconocimiento como persona, que teniendo derechos y deberes, genera una relación de diálogo, aceptación y tolerancia.

El desafío ético de esta dimensión, consiste en contar no solo con el propio punto de vista sino con el punto de vista del otro. Los seres humanos necesitan ser reconocidos y aceptados desde su singularidad.

Las verdaderas relaciones de comunicación, mediadas por el amor, hace que se logre la comunión y que las relaciones sean permanentes, construidas en un diálogo entre iguales.

Solo en el amor el hombre puede alcanzar su perfección individual y colectiva. El amor no destruye a los sujetos ni su vitalidad, como suponen algunos. Al contrario, los enriquece; porque el ser de cada uno, con todas sus cualidades, acrecienta y desarrolla las cualidades del otro y corrige sus deficiencias en un proceso de fecundación mutua.

El odiar, explotar y matar al otro se le degrada o anula y se degrada a sí mismo. Amándole y ayudándole se le permite ser más y se acrecienta el ser de uno mismo.

La persona como libertad

La libertad es una de las condiciones indispensables para que el individuo realice sus propios fines. Con ella construye su personalidad y logra el propósito de su vida que es la felicidad.

No puede ser entendida como un simple concepto para designar una reacción humana, tampoco se puede entender como algo concreto y palpable en el hombre que se puede definir y describir con toda exactitud. Menos aún, como una cualidad inapreciable y por ende indefinible que aunque no poco comprensible, la ciencia la puede reducir a mecanismos de determinación orgánica.

Por la libertad las personas realizan cada día muchas elecciones y aunque algunas de ellas son trascendentales y acertadas, otras son equivocadas. En este contexto, la libertad es algo vital y objetivo en el hombre, ya que las decisiones que se toman se constituyen en elementos fundamentales para la vida humana, puesto que son expresiones de la responsabilidad mediante la cual hace a las personas hacerse dueños de los actos y por tanto, responsables de ellos.

La libertad no crece espontáneamente, sino que se conquista. No se nace libre, sino con capacidad de ser libres. Las personas se hacen libres en la medida que se lucha constantemente por mantener la autonomía de las decisiones. Las elecciones que se hacen son una parte importante de la vida y en esa medida, la libertad permite hacer o no una cosa, de una o de otra manera. Es evidente que alguien libre es alguien que elige.

Ser libre es estar abierto a nuevas posibilidades de encuentro o nuevos fines; también es la actividad de moverse y poder cambiar. Cuanto mayor sea la capacidad crítica o lucidez de juicio, mayor y más eficaz será su libertad.

Sin libertad el ser humano no tiene existencia real, es una pura abstracción, pues ésta se constituye en el elemento fundamental que permite la trascendencia en la realización del ideal de vida que se ha elegido.

Es así como es posible afirmar que la mayor miseria humana es la falta de libertad para desarrollarse autónomamente sin ignorancia, pobreza, la falta de propiedad, la opresión política, la inseguridad y la soledad. Por eso la miseria es la forma más grave de ausencia de libertad, porque conlleva la falta de bienes necesarios para la realización de la vida humana.

La dimensión moral de la persona

Los seres humanos poseen una dimensión social que es fundamental para interactuar con otros seres de su misma especie. Esta condición se constituye en un elemento esencial de la vida humana, ya que la hace posible.

Este encuentro con los demás no se da por herencia genética, es una necesidad vital; sin ella, la persona no podría siquiera existir. El fenómeno social como realidad humana, establece una serie de normas, maneras de ser, de actuar y de pensar, que son establecidas para la convivencia.

Lo anterior supone que cada uno de los miembros de un determinado grupo social o cultural debe aprenderlas para luego ser vividos en las relaciones con los demás.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que con el tiempo, al enfrentar la vida, se van rompiendo las limitaciones que el medio le impone a la persona, pues es con el uso de la inteligencia como se proyecta, construye su ser y le da a su dimensión personal un carácter individual.

Este hacerse de manera permanente es la formación del carácter individual, el enfrentar la vida con un determinado estado de ánimo. La dimensión moral, entonces, le permite la construcción de un proyecto vital de autorrealización.

Es la moral la que facilita realizar, de manera permanente, acciones que comprometen su libertad, en donde entra en juego el nivel de autoestima, valoración y aprecio que tiene por sí mismo, para inventar formas de vida en las que se pone de manifiesto una búsqueda permanente de construcción.

Conciencia moral

La conciencia moral es la capacidad que posee una persona para emitir un juicio de bondad o maldad en la elección de una acción que realiza. Se pueden emitir juicios de un acto dependiendo de un código, un conjunto de normas y valores morales que orientan la decisión en un determinado acto.

La persona es libre y, al momento de hacer una elección, se hace responsable moralmente de aquello que ha elegido hacer o no hacer. Por ello, la responsabilidad se entiende como la obligación de responder por los actos que se eligen.

En este sentido, si las acciones de una persona se ajustan a las normas morales existentes en una sociedad, se la considera moralmente buena, pero, si por el contrario, una persona conoce las normas y valores morales de una sociedad y, a pesar de ello, las transgrede, entonces se está ante un individuo inmoral.

Un acto moral es susceptible de ser valorado como “bueno” cuando la persona sabe lo que está haciendo; es decir, tiene pleno conocimiento de la elección que está llevando a cabo.

La persona actúa sin ningún tipo de presión interna o externa, nada ni nadie está influyendo en su elección, es totalmente libre al momento de elegir. Y esto lo lleva a cabo porque tiene un conocimiento previo de lo que está haciendo, tiene una serie de elementos que iluminan sus acciones, lo que lo habilita para asumir la responsabilidad.

Al definir la conciencia como un tipo de conocimiento o de percepción se reconoce que es una realidad compleja. En la valoración de las acciones humanas, la conciencia moral puede actuar de maneras diferentes: se puede sentir que lo que se ha hecho o va a hacer está bien o mal, sin saber exactamente por qué.

Se puede además, analizar las consecuencias reales o posibles de las acciones y su conveniencia, al igual que se puede pensar en las normas previamente aceptadas para enjuiciar los actos.

Algunas visiones de conciencia moral

Al definir la conciencia como un tipo de conocimiento o de percepción se reconoce que es una realidad compleja debido a que en la valoración de las acciones humanas la conciencia moral puede actuar de maneras diferentes: la persona puede sentir que lo que ha hecho o va a hacer está bien o mal, sin saber exactamente por qué.

Adicionalmente, se pueden analizar las consecuencias reales o posibles de las acciones y de la conveniencia y recurrir a basarse en normas previamente aceptadas para enjuiciar la acción y la calidad de los actos.

Son varias reflexiones las que se han dado a lo largo de la historia sobre la conciencia moral, se han enfatizado desde diversos puntos de vista.

Sin importar la teoría cada una destaca aspectos parciales de la realidad total, que es la conciencia moral. Ésta se compone tanto de razonamientos y juicios como de sentimientos, intuiciones o mandatos.

El intelectualismo moral, por ejemplo, considera la conciencia moral como el conocimiento que tienen las personas de lo que es bueno o malo, “nadie hace el mal a sabiendas”. La consecuencia de ello, consiste en que bien y conocimiento son lo mismo, es decir para obrar bien o mal se debe tener un previo conocimiento que permite actuar de una o de otra forma. Cuando se obra el mal, se hace por ignorancia, pues no se tiene conocimiento para elegir; se está en un nivel de ignorancia y en este sentido se considera que ese mal que se hace es un bien propio.

Desde esta postura del bien, como conocimiento, es fundamental un proceso de educación para poder discernir cuáles son los principios morales que permiten actuar de manera correcta al momento de elegir sobre aquello que es bueno o malo.

La vida moral y la felicidad

El propósito de la vida del hombre es la búsqueda de la felicidad. Todo hombre aspira a ser feliz y es por ello que la ética occidental, que hunde sus raíces en la cultura griega, ha estado preocupada siempre por deliberar acerca de los medios que permiten alcanzar la felicidad. De ahí que todos los sistemas éticos sean una permanente reflexión sobre la forma como se es feliz. Este objetivo tiene que ser racionalizado hasta lograr una dilucidación que permita orientar la praxis humana.

Independientemente el modelo de ética o los modelos de ética que justifiquen las acciones de una persona, la conciencia moral tiene que tomar decisiones en situaciones concretas en las que se se hace necesaria la deliberación para obrar de manera racional.

Este modo de obrar con argumentos racionales sustentables en una comunidad de diálogo, entraña algunas limitaciones que se deben tener en cuenta a la hora de decidir.

Un ejemplo que ilustra claramente, lo expresado anteriormente, consiste en que independientemente de cuál sea el ideal de felicidad que un individuo o que un grupo se haya forjado, en ocasiones lo justo entra en conflicto con lo que conviene a la felicidad de una persona.

En la medida en la que la felicidad es el objetivo de todo ser humano, la felicidad es una actividad que cualquier persona, independientemente de sus características, edad, condición social, cultura o género, puede y debe realizar.

De esta forma la felicidad es un estado de satisfacción de la realización de los proyectos, del logro, y de las aspiraciones fundamentales.

Origen de los valores morales

Existen varias visiones éticas que hablan del origen de los valores morales, entre ellas están:

  • El subjetivismo

    Por ejemplo, dice que los valores son una creación humana; es decir, el origen de valores como lo justo o lo honrado depende de las apreciaciones que cada persona tiene de las cosas y acciones humanas. Las personas son seres individuales, sociales, históricos, y en las relaciones humanas no todo vale. Se tienen derechos, deberes, normas, principios y valores que orientan las decisiones, que comprometen la dimensión personal y social. Por ello, toda elección conlleva a unas consecuencias para sí mismo y los demás. Los valores morales permiten la construcción del proyecto como hombres, lo humano se realiza en comunidad.

  • El objetivismo

    Afirma que las opiniones particulares se pueden convertir en normas de comportamiento de carácter universal; es decir, que pueden ser elementos válidos para el actuar de las personas en cualquier contexto social e histórico.

  • El relativismo

    Sostiene que los valores dependen de cada persona, y de las circunstancias sociales, históricas e incluso biológicas, en que surgen. Por ello, no existen valores universales, las circunstancias influyen en el modo de valorar.

Las normas morales

Cada sociedad posee una serie de normas acerca de las conductas deseables e indeseables que pueden realizar los individuos. Hay acciones que se consideran buenas y valiosas, mientras que otras son consideradas como malas y por eso deben evitarse.

Las nociones de lo bueno y lo malo están profundamente arraigadas en las personas y la sociedad presta una gran atención a que la gente adecue sus conductas a las normas compartidas. Ninguna sociedad carece de esas normas, que constituyen lo que se denomina la moral o la ética.

Las normas morales son necesarias para orientar la conducta humana, indicando qué se debe hacer y qué se debe evitar. Se entienden como un conjunto de reglas impuestas por las mismas personas y que en caso de no cumplirlas se debe responder ante sí mismos y ante el grupo social al que se pertenece.

Dichas normas son el resultado de los valores éticos y en ellos tienen su fundamento. Por ejemplo, si se valora la amistad y la sinceridad, saldrá de esa valoración personal la norma del deber ser sincero con los amigos.

Las normas morales no están escritas en ningún libro como las leyes jurídicas, ni hay autoridades específicas que obliguen a cumplirlas. Cuando se obedecen las normas morales se hace por voluntad propia o por compromiso social.

La dignidad humana

La persona no es un objeto, posee inteligencia por ello es capaz de razonar, discurrir, dialogar, participar, querer y ser consciente. Por su individualidad es un yo responsable de sus actos libres. Por su capacidad de razón y reflexión se muestra como una interioridad, que se comprende a sí mismo, a los demás y a su entorno natural. Por ello, percibe valores éticos, los aprecia interiormente, los vive y los realiza como tal, la persona es un ser moral.

Por su dimensión social la persona suscita en otros una sociedad de personas, una comunidad que es “persona de personas”, donde costumbres, sentimientos e instituciones lleven el sello indeleble de la naturaleza personal, este es uno de los más grandes desafíos de la ética en las empresas modernas frente a los climas organizacionales.

Lo social es principio y no resultado de un proceso biológico, por ser principio su unidad se halla entre una necesidad y una ayuda. El hombre se encuentra vertido a los demás, la resultante de estas relaciones, es el mundo de la cultura, definido como el conjunto de costumbres, maneras de ser, actuar, pensar, sentir y decidir. La persona es una presencia dirigida hacia el mundo y hacia los otros, estamos con otros luego no estamos solos.

El hombre es el único animal moral que realiza su vida con los demás en un horizonte de posibilidades que tiene que apropiárselas en un ejercicio de libertad y creatividad. Por medio de ella, se ubica en el mundo y hacia los demás y le permite la construcción de un proyecto vital de autorrealización.

Resumen

La persona, constitutivamente hablando, es un ser singular, único e irrepetible que posee un rostro propio y se muestra como alguien particular. Además es un ser espiritual que, en una adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión, unifica así toda su actividad en la libertad y mediante actos creativos realiza su vida.

Además la persona tiene valores que le permiten consolidar su conciencia moral, que es la que le facilita la comprensión de su ser personal y social, de los proyectos, los usos de la libertad, de la creatividad, las posibilidades y las limitaciones.

De ahí que los valores morales sean aquellas cualidades que al ser descubiertas, se vuelven apreciadas y respetadas por las personas. El valor moral es todo aquello que lleva al hombre a defender y crecer en su dignidad de persona; es el valor moral el que conduce al bien moral.

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